| Como nace la CLOC | |  |
La Coordinadora Latinoamérica de Organizaciones del Campo (CLOC) se constituye formalmente en el congreso realizado en Lima (Perú) del 21 al 25 de febrero de 1994, con la participación de unas de 84 organizaciones procedentes de 18 países de América Latina y el Caribe. 1994 es un año emblemático para los movimientos populares de la región, por los signos de reactivación de las luchas sociales, particularmente en el campo, contra las políticas neoliberales. Se inicia con el levantamiento zapatista en Chiapas, México, para luego registrar el segundo levantamiento indígena en Ecuador, las marchas de los cocaleros en Bolivia, las movilizaciones por la reforma agraria en Paraguay, Guatemala y Brasil, entre otras manifestaciones.
Si bien la CLOC nace ese año, su caminata arrancó años atrás bajo el impulso de organizaciones no afiliadas internacionalmente que habían coincidido en la necesidad de articular un espacio propio y autónomo. Pero, con la particularidad que ese impulso fue potenciado por la realización de la "Campaña Continental 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular" (1989-1992), convocada por organizaciones campesino-indígenas de la Región Andina y el Movimiento Sin Tierra (MST) del Brasil, que en un momento gravemente adverso para las organizaciones populares no sólo permitió abrir una trinchera de resistencia, sino que además terminó siendo un laboratorio para la formulación de planteamientos políticos y organizativos de cara a los nuevos tiempos.
En la convocatoria al Congreso fundacional de la CLOC expresamente se señala que éste es asumido como el "inicio de una nueva fase en el proceso de unidad y lucha de los hombres y mujeres del campo del continente", reconociendo que una de las aspiraciones de las organizaciones del campo "ha sido la articulación de un espacio propio y autónomo, que contribuya a reforzar las luchas e impulsar la unidad y solidaridad de los trabajadores del campo".
En efecto, a lo largo de la década de los 70, la lucha por la tierra en Latinoamérica trajo consigo la emergencia de nuevas expresiones organizativas (aunque en algunos casos lo más apropiado sería hablar de revitalización) que pasaron a constituirse en las más representativas del sector. Esta fuerza, sin embargo, terminaba por diluirse en el plano internacional al carecer de un espacio de confluencia, pues por diversas razones estas organizaciones habían optado por mantenerse al margen de las federaciones internacionales, que reproducían en el sector agrario la división del movimiento sindical mundial.
Con el propósito de superar este estado de dispersión y aislamiento, en el curso de los ’80 tienen lugar varias iniciativas de acercamiento e intercambio entre organizaciones del campo. Entre ellas, el "Taller Andino de Intercambio de Experiencias en Educación y Comunicación de Organizaciones Campesino-Indígenas" que se lleva a cabo en Quito del 7 al 11 de octubre 1987, donde –entre otras resoluciones- se acordó impulsar un mecanismo de coordinación regional y convocar a un segundo encuentro en Colombia, pero a nivel latinoamericano. Meses después, coincidiendo con esta última propuesta, el MST de Brasil se sumó a ella.
En el curso de los preparativos de este encuentro, al sopesar las implicaciones que se desprendían de la convocatoria que para entonces habían hecho los gobiernos de Iberoamérica para celebrar el "Encuentro de dos mundos" con motivo del V Centenario de la llegada de Colón a tierras de América, se acordó darle un giro al evento para que sirva más bien como una plataforma de lanzamiento de una campaña continental en torno a los 500 Años. Su propósito: convertir "el V Centenario de la conquista española... en el inicio del autodescubrimiento de nuestra América y en un motivo de afianzamiento de la unidad de los oprimidos".
Y es así que, el 12 de octubre de 1989, la ciudad de Bogotá fue escenario del lanzamiento de la Campaña Continental 500 Años de Resistencia Indígena y Popular. Mas fue en Sao Paulo (mayo 1990) en donde realmente se sentaron las bases y el seguimiento de la campaña, en un encuentro auspiciado por el MST con las delegaciones campesinas e indígenas del continente que habían llegado a su segundo congreso. Pero también es allí donde se da la patada inicial de lo que hoy es la CLOC.
En efecto, valorando que a la par de la campaña era importante mantener la iniciativa articuladora de las organizaciones del campo, como un eje de acumulación organizativa en el marco de tal campaña (pues, como dijo un dirigente del MST: “no cabe poner todos los huevos en la canasta de la campaña, porque luego nada garantiza que ésta se proyecte”), se definieron mecanismos básicos para asegurar tal cometido. Y, específicamente, reconociendo que una iniciativa de esta naturaleza requiere contar de un intercambio informativo regular y permanente entre organizaciones, se decidió conjugar esfuerzos para editar el “Boletín Campesino-Indígena”, publicación que luego pasó a ser el órgano informativo de la CLOC.
Con el tiempo, cabe ponderar que fueron decisiones históricas, pues en ese entonces los movimientos populares vivían momentos críticos por el impacto de las políticas neoliberales (con sus programas de privatización, desregulación y liberalización, para que sean los mercados y la libre competencia –y no el Estado- los pilares del ordenamiento económico); como también, en la geopolítica mundial, por las secuelas de la caída del Bloque del Este, y las repercusiones de los cambios tecnológicos (que de manera particular descolocó al sector laboral).
Consecuentemente, es un momento de reflujo, dispersión y desconcierto de las organizaciones populares. Por decir algo, los sectores populares se vieron forzados a concentrarse en sus necesidades inmediatas de subsistencia, que sirvió como caldo de cultivo al individualismo (al “sálvese quien pueda”) alentado por el neoliberalismo, y por tanto afectando seriamente a los procesos organizativos y el propio tejido social.
Es en vista de este contexto que la Campaña jugó un rol histórico. Se podría decir que fue una respuesta pionera desde el campo popular al fenómeno de la globalización. Entre otras cosas, porque logró aglutinar como promotores a los sectores sociales tradicionalmente excluidos, bajo la premisa de “unidad en la diversidad”; permitió entrelazar las acciones locales con las globales, contrarrestando el localismo que el neoliberalismo pretendía imponer a las demandas sociales; se constituyó en un espacio de encuentro y de intercambio entre organizaciones afines y de otros sectores sociales; generó un significativo movimiento de solidaridad internacional, etc. En términos tangibles, no solo consiguió anular el carácter festivo que el gobierno de España y sus pares del continente querían darle al V Centenario, sino que fue un crisol para el surgimiento de coordinaciones y articulaciones sectoriales. La CLOC es una de ellas, pero también se dio entre organizaciones indígenas, afrodescendientes, de mujeres, de derechos humanos, etc. En suma, la campaña no se agotó en sí misma, sino que abrió brechas hacia el futuro.
Tan es así que, sobre la base de esta experiencia, el proceso constitutivo de la CLOC adopta un esquema organizativo descentralizado donde las coordinaciones nacionales se articulan regionalmente (Norteamérica, Centroamérica, Caribe, Región Andina y Cono Sur), teniendo como instancia de enlace (no de dirección) a una secretaria operativa. A la vez que establece dos premisas claves de entendimiento para la coordinación: el reconocimiento y respeto de la autonomía de sus integrantes (“nadie puede hablar a nombre de nadie, sino desde sus propias luchas”, era la premisa) y la búsqueda de consensos como norma para la toma de decisiones.
Para un proyecto que plantea avanzar sobre la base de consensos resultaba todo un desafío establecer canales internos de interlocución. Más aún cuando hasta hace poco prácticamente no existía relación directa entre organizaciones. Las cuales, por lo demás, no solo que estaban referidas a realidades específicas y por tanto diversas, sino que también cada cual era portadora de sus particulares tradiciones de lucha, formas organizativas, metodologías y estilos de trabajo, plataformas reivindicativas, enfoques, etc. En ese sentido se trata de un proceso que va madurando a través de una serie de eventos, encuentros, intercambios de experiencias y puntos de vista, visitas, etc. en tanto permiten que se tejan nuevos lazos de solidaridad, no solo en cuanto a un mayor respaldo y acompañamiento activo a sus respectivas luchas, sino también como partícipes de una lucha común. Y es que la unidad propuesta por la CLOC busca ir más allá de los acuerdos formales o compromisos políticos, para encontrarse en las luchas concretas. Lo que implica contar con organizaciones nacionales y de masas.
A todo esto responde el hecho que el 1er Congreso CLOC fue concebido, precisamente, como un evento unitario, combativo, representativo y masivo; definiciones que justamente fueron recogidas como referentes para el desarrollo de la coordinación.
Luego del Congreso de Lima, los días 30 y 31 de marzo de 1995, se realiza en Sao Paulo la primera reunión plenaria de la CLOC, que fue precedida por el I Curso Latinoamericano de Formación (19- 29), en el cual se abordaron tanto cuestiones cruciales que la actual fase del capitalismo plantea al campo popular, y específicamente al sector agrario de Latinoamérica, como también aspectos de orden organizativo, pasando por la formulación de estrategias y alternativas. Esta cita, organizada por el MST de Brasil, y que contó con la participación de 40 delegados y delegadas de 15 países, permitió que -por primera vez- no sea un encuentro "al paso", de dos o tres días, en los que habitualmente se aborda los temas urgentes en detrimento de los importantes; y por otra, precisamente por lo anterior, que se formulen propuestas debidamente procesadas.
En esta primera plenaria, luego de hacer un balance de las luchas y esfuerzos unitarios impulsados en los diversos países en el año de existencia de la CLOC, anota la relatoría, “se hizo referencia a los problemas organizativos y a la necesidad de reeducar las organizaciones a las nuevas realidades, tomando sobre todo que el desafío principal es organizar a quienes no están organizados, los cuales constituyen la gran mayoría.
“Respecto a la CLOC, se ratificó que se trata de una instancia de convergencia para construir la unidad de acción entre organizaciones representativas, que luchan por un proyecto alternativo al neoliberalismo. Como no se trata de una estructura fija, alienta una coordinación flexible acorde a las realidades de los diferentes países y regiones. En este plano se coincidió en señalar que, hasta el momento, la deficiencia mayor ha radicado en la falta de una comunicación permanente; reconociendo en todo caso que se han dado pasos importantes en la articulación regional del Cono Sur y Centroamérica”. (Boletín campesino-indígena de intercambio informativo, No, 29, 4 abril 1995).
Bajo estos criterios organizativos, la plenaria acordó crear comisiones de trabajo sobre temas específicos, con la tarea de recopilar información, ampliar la comunicación y monitorear las acciones conjuntas, y en estrecha coordinación con la Secretaría Operativa. Las comisiones definidas fueron: Derechos Humanos, Comunicación, Asalariados Rurales, Seguridad Alimentaria, Plaguicidas, Formación, Mujer. “Además se acordó incluir como tema de la próxima reunión el tema de la “Vía Campesina”, iniciativa de coordinación a nivel mundial.
Para encarar el problema de “reeducación de nuestras organizaciones”, se estableció ir hacia la creación de la Escuela de la CLOC, entendida ésta como una dinámica y no como una estructura física localizada, centrada en la formación-capacitación de cuadros; y respecto a las “deficiencias” en comunicación, se orientó a la apropiación de las nuevas tecnologías del sector (correo electrónico, sobre todo) para que las organizaciones respondan al compromiso de establecer un flujo regular de información hacia la secretaria operativa y el Boletín de la CLOC, y se acordó también la realización de un primer taller sobre el tema, como paso inicial de una programación sostenida.
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